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Viene determinada por las relaciones que se establecen entre las características físicas, químicas y biológicas del suelo, y podría definirse como la capacidad de este para suministrar agua y nutrientes a las plantas.

El mantenimiento de la fertilidad del suelo es fundamental. Esta permanece constante en caso de que la entrada de nuevos nutrientes compense a las extracciones que se producen.

Uno de los indicadores más precisos para mostrar el grado de fertilidad de un suelo es el contenido en materia orgánica. En términos generales ésta debe encontrarse entre un 2% y un 3%, en función de si se trata de un suelo más arenoso o más arcilloso.

La materia orgánica desempeña numerosas funciones: incrementa la capacidad de intercambio catiónico, regulariza los niveles de disponibilidad de nutrientes, activa la edafogénesis, incrementa el poder tampón del suelo, favorece la formación de agregados reduciendo la erosión al comportarse como un cemento, mejora la infiltración y retención de agua, contribuye a reducir las pérdidas de agua por evaporación, intensifica la aireación del suelo e incrementa la actividad biológica del mismo (favoreciendo el desarrollo de fauna auxiliar y microorganismos que contribuyen a mejorar la nutrición de las plantas y el control de plagas y enfermedades).

También interfieren factores físicos como la textura, la estructura o la porosidad, y químicos  como el pH y la capacidad de intercambio catiónico.

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